Por MANUEL GUTIÉRREZ OROPEZA
Hablar en público es un privilegio, pero también una enorme responsabilidad. Sin querer, expelemos muchos barbarismos cuando cambiamos una letra por otra o un acento por otro.
Hay algunos barbarismos que ya están fuertemente arraigados en nuestro vocabulario cotidiano y es muy difícil corregirlos.
Hay palabras con una diferencia tan sutil, que no todos advierten que se pronunciaron mal, como antidiluviano, cuando lo correcto es antediluviano. O aereoplano, en vez de aeroplano. Muchos dicen metereológico, en vez de pronunciar bien meteorológico (advierta que hasta por escrito apenas se nota la diferencia).
Hay errores clásicos, que por más que arreglamos, nos vuelven a aparecer, como polvadera, en vez de polvareda; humadera, en vez de humareda; mounstruo, en lugar de monstruo; caracter en lugar de carácter.
Pero también hay otras un poco más difíciles de percibir porque su mal uso se ha generalizado. Pocos saben que está mal dicho efisema, y que lo correcto es enfisema. Está mal diabetis y debe pronunciarse diabetes. Quienes emiten expontáneo deben saber que lo adecuado es espontáneo, y que no se dice mallugar, sino magullar. Si usted pronuncia especimen, aprenda que la palabra es esdrújula: espécimen.
En fin, debemos tener cuidado, porque una letra o un acento nos pueden dejar en ridículo.
Las buenas lenguas
Veamos la siguiente frase: “En la carrera, Ramiro quedó en treceavo lugar”. ¿Dónde está la incorrección?
CLARO: Está mal planteado “treceavo”: Debe decirse: “Ramiro quedó en décimo tercer lugar”, escrito con números ordinales. No se dice “en treceavo lugar”, escrito con números partitivos, porque treceavo es una parte (la treceava) del todo.
Libro abierto
Nazarín, una película de Luis Buñuel y Julio Alejandro. Edit. Instituto Politécnico Nacional. Para los idólatras del director español, aquí se reproduce íntegro el guión de la película –basado en la novela de Benito Pérez Galdós– que consolidó a Buñuel como un maestro del surrealismo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario