sábado, 29 de enero de 2005

Las malas lenguas

Por MANUEL GUTIÉRREZ OROPEZA

Hablar en público es un privilegio, pero también una enorme responsabilidad. Sin querer, expelemos muchos barbarismos cuando cambiamos una letra por otra o un acento por otro.

Hay algunos barbarismos que ya están fuertemente arraigados en nuestro vocabulario cotidiano y es muy difícil corregirlos.

Hay palabras con una diferencia tan sutil, que no todos advierten que se pronunciaron mal, como antidiluviano, cuando lo correcto es antediluviano. O aereoplano, en vez de aeroplano. Muchos dicen metereológico, en vez de pronunciar bien meteorológico (advierta que hasta por escrito apenas se nota la diferencia).

Hay errores clásicos, que por más que arreglamos, nos vuelven a aparecer, como polvadera, en vez de polvareda; humadera, en vez de humareda; mounstruo, en lugar de monstruo; caracter en lugar de carácter.

Pero también hay otras un poco más difíciles de percibir porque su mal uso se ha generalizado. Pocos saben que está mal dicho efisema, y que lo correcto es enfisema. Está mal diabetis y debe pronunciarse diabetes. Quienes emiten expontáneo deben saber que lo adecuado es espontáneo, y que no se dice mallugar, sino magullar. Si usted pronuncia especimen, aprenda que la palabra es esdrújula: espécimen.

En fin, debemos tener cuidado, porque una letra o un acento nos pueden dejar en ridículo.

Las buenas lenguas

Veamos la siguiente frase: “En la carrera, Ramiro quedó en treceavo lugar”. ¿Dónde está la incorrección?

CLARO: Está mal planteado “treceavo”: Debe decirse: “Ramiro quedó en décimo tercer lugar”, escrito con números ordinales. No se dice “en treceavo lugar”, escrito con números partitivos, porque treceavo es una parte (la treceava) del todo.

Libro abierto

Nazarín, una película de Luis Buñuel y Julio Alejandro. Edit. Instituto Politécnico Nacional. Para los idólatras del director español, aquí se reproduce íntegro el guión de la película –basado en la novela de Benito Pérez Galdós– que consolidó a Buñuel como un maestro del surrealismo.

lunes, 24 de enero de 2005

Las malas lenguas

Por MANUEL GUTIÉRREZ OROPEZA

A los comentaristas de futbol cómo les gusta agarrar a patadas el idioma. Pero desde siempre. No crea que las barrabasadas han entrado recientemente en las narraciones deportivas. Aquellos antiguos cronistas, como Cristino Lorenzo, Agustín González “Escopeta”, Fernando Marcos y Ángel Fernández, con frecuencia cometían dislates, equivocaciones y lapsus. Y eso que casi todos ellos eran hombres de una vasta y sólida cultura. Porque para ser justos, debemos reconocer que cualquiera que se expone a micrófono abierto más de 10 minutos tiene que pagar su cuota de malas palabras, ya sea Octavio Paz o el más necio habitante de la Casa Big Brother.

Uno de los principales errores de los comentaristas deportivos de radio y televisión –al igual que los artistas y los adolescentes— es que tienden a imitar a sus colegas exitosos. Pero se olvidan que no siempre el éxito es garantía de calidad.

Hace unos ocho años dos entrenadores argentinos fueron contratados por la televisión mexicana para analizar un campeonato mundial de futbol. Y cuando se fueron nos dejaron varias de sus buenas y malas costumbres. Una de esas palabras fue el verbo leer: “saber leer el campo de juego”, “no supo leer la jugada” y otras parecidas. No es que el concepto esté equivocado. Tiene hasta su gracia. Pero cuando se repite hasta la saciedad, la frasecita funde el ostión cerebral de cualquiera. Cuando un cronista se cree experto, engola la voz y suelta la expresión: “Leyó la jugada a tiempo y evitó el avance enemigo”.

Y como ésta, cada personaje cree desplegar su estilo propio cuando se adueña de una frase que ni siquiera es original y ya fue troquelada por el lugar común: “Un gol de alfombra roja y caravana”, “Donde las arañas hacen su nido”, “Señoras y señores”, “Golpe de cabeza”, “De cara al campeonato” y todo un etcétera que apesta a falta de imaginación.

Claro, también están las tonterías, tan comunes a todo cronista de medios electrónicos: “El equipo no ganó porque no supo ofender al rival”: Pero si queríamos ofender al contrincante, tan fácil que era decirle: “Pateas el balón como la Güera Rodríguez Alcaine”, o para ofender al defensa central decirle que tiene cara de Fernández Cevallos.

También son muchas las incorrecciones idiomáticas como aquella de que “el balón abandona la cancha”. No, el verbo abandonar significa dejar en el olvido, desatender: “Luis abandonó su cabaña”, “Me tienes en el abandono”. Otra expresión es: “El jugador es un descarado”, para dar a entender que no tiene miedo ni respeto por el enemigo. En realidad, en México decimos descarado para expresar desvergonzado, para precisar que alguien no tiene principios.

Otra equivocación frecuente en esos ambientes es “emergencia”, que se confunde con el vocablo “urgencia”. Una emergencia no es algo que debe hacerse rápido ni tiene que ver con un accidente necesariamente: una emergencia es algo que ocurre inesperadamente, aunque no involucre violencia o sangre; así, una emergencia es que a un jugador se le rompió el short o pantaloncillo. Y debe cambiarse porque se le ve toda la desa de los desos. En cambio, una urgencia es literalmente “lo que urge”, lo que debe cumplirse de manera rápida. Y hablando de rápido, los cronistas dicen que el balón corre “raudo y veloz”, sin saber que raudo es lo mismo que veloz, lo mismo que solaz y esparcimiento, o la que es de uso en muchísimos los ambientes: “Todos y cada uno”: caray, si son todos, obligadamente son cada uno, ¿verdad? Pero nunca acabaríamos si registráramos las redundancias que emplean para narrar los encuentros de futbol. Y por eso no queda más que gritar: “Goooooooooool”.

sábado, 22 de enero de 2005

Las malas lenguas

Por MANUEL GUTIÉRREZ OROPEZA

Como en todos los idiomas, en español hay palabras que cambian de significado cuando cambia una letra: no es lo mismo pato, que peto, pito que poto, y poto que pote.

El problema es cuando las palabras no son muy usadas y confundimos su significado.

Por ejemplo, tenemos “abertura”, “apertura” y “overtura”. Una “abertura” es una herida o una grieta: “El sismo dejó una abertura junto a la Piedra Encimada”. En cambio, “apertura” es la acción de inaugurar, abrir o iniciarse: “La apertura de la temporada de beisbol se antoja electrizante”.

Aquí tenemos tres observaciones colaterales: a) aunque existe apertura, eso no le da derecho a la gente de los bancos a inventar el verbo “aperturar” (“...una cuenta”) cuando es más fácil decir “abrir”; b) se dice “inaugurar”, con “u” antes de la g, no “inagurar”, como es frecuente que digan locutores de los medios electrónicos; y c) el verbo iniciar siempre debe tener el pronombre reflexivo “se”: “la polémica se inició ayer”, no: “La polémica inició ayer”; “el acto ya debe iniciarse”, no: “El acto ya debe iniciar”.

Y finalmente tenemos “overtura”, que es el tema que abre una obra musical: “La overtura de La escalera de seda, de Rossini, es deslumbrante”.

Veamos otras dos palabras que se escriben casi igual: “abrogar” y “arrogar”. Es normal que con frecuencia el presidente Fox las confunda, pero una persona medianamente culta debe conocer la diferencia: abrogar es abolir, revocar una orden o ley: “Los diputados abrogaron el decreto expropiatorio”. En cambio, arrogar es atribuirse o apropiarse de algo que no es propio: “En Sortilegio, Luis Arcaraz se arrogó Siempre en mi corazón, de Ernesto Lecuona”.

Ya metidos en esas palabras, tenemos “acceder” y “accesar”. Acceder es consentir, conceder, permitir, pero es incorrecto usarlo en el sentido de entrar, llegar. Accesar, por su parte, es un neologismo para indicar que se tiene acceso a datos digitales o sitios cibernéticos. Claro que se puede decir: entrar o penetrar, pero los ciberusuarios ya no han popularizado así.

Las buenas lenguas

Veamos la siguiente frase: “A la ensalada sólo le falta un chorrito de aceite de oliva”. ¿Cómo debe decirse: Aceite de oliva o de olivo?

CLARO: Es de oliva, porque así se llama la aceituna, fruta del olivo, que es el árbol.

Libro abierto

Experimentos caseros y recreativos de mecánica y calor, de Carlos Gutiérrez Aranzeta. Edit. Instituto Politécnico Nacional. ¿Cómo despertar en su hijo el espíritu científico? En este libro, con juegos que son auténtica “magia científica” los chavos se darán cuenta de que la física y otras disciplinas aparentemente aburridas son en realidad una actividad amena y deslumbrante. El único riesgo que representan estos experimentos es que su hijo quiera ser científico en un país donde se ningunea a la ciencia.

domingo, 9 de enero de 2005

Las malas lenguas

Por MANUEL GUTIÉRREZ OROPEZA

En este México nuestro, tan relajiento pero al mismo tiempo tan ceremonioso, los títulos profesionales son algo así como un pase para vivir la vida desde un palco, pero también un moderno sustituto de los títulos nobiliarios que tanto encandilan a muchos mexicanos lectores de “Hola!” y asiduos a fiestas diplomáticas. Dime cuál es tu título profesional y te diré qué caravana te hará la sociedad.

Cuando a un fulano le preguntamos su nombre, nos dice muy orondo: “Ingeniero Juan Hernández”, como si desde recién nacido en su registro civil apareciera su nombre con todo y título. Abundan los doctores, licenciados, arquitectos, contadores y otros, que cuando no anteponen el título a su nombre se sienten desnudos, desprotegidos.

Pero el asunto cae en lo delirante cuando aparece el doctorado. Hay médicos que se molestan si no se les llama “doctor”, aun cuando no hayan recibido ningún doctorado. Nada: si no tienen doctorado, son médicos, no doctores.

También por una extraña razón, muchos dentistas se hacen llamar “doctor” o “médico”, cuando verdaderamente su título es de dentistas, aunque muchos arguyan que estudiaron medicina odontológica. Nada: aunque tengan nociones de medicina, son dentistas u odontólogos.

Y qué decir de los veterinarios; cierto que estudiaron medicina, pero enfocada a los animales, y por eso son veterinarios, no médicos veterinarios. Y ya en esto, hay zootecnistas (es decir, especialistas en la cría y desarrollo de los animales, que deberían ser llamados zootécnicos, pero en fin), que no necesariamente son veterinarios, aunque hay carreras que unen las dos vertientes.

Las buenas lenguas

Veamos la siguiente frase: “Mi cerveza está bien fría”. ¿Dónde está la incorrección”?

CLARO: No puede decirse “bien fría”, porque lo contrario de bien es mal, y entonces deberíamos decir: “Mi cerveza está mal fría”. Busque si la frase donde aplique “bien” puede llevar como antónimo “mal” (“Pedro está bien en esa respuesta” y “Pedro está mal en esa respuesta). Y sino es así, use el adverbio muy: Muy grande, muy bonita, muy inteligente; nobien grande, bien bonita, bien inteligente.

Libro abierto

Reflexiones para los jóvenes, de Adolfo Pérez Olivera. Edit. Instituto Politécnico Nacional. Éste es uno de los best-seller del Poli. Reúne en textos cortos, de manera sencilla y sin ampulosidad, diversas orientaciones, consejos y propuestas sobre la vida, la amistad, las relaciones familiares, los riesgos que presenta la juventud y otros asuntos que interesan a quienes apenas se están relacionando con el mundo.