lunes, 24 de enero de 2005

Las malas lenguas

Por MANUEL GUTIÉRREZ OROPEZA

A los comentaristas de futbol cómo les gusta agarrar a patadas el idioma. Pero desde siempre. No crea que las barrabasadas han entrado recientemente en las narraciones deportivas. Aquellos antiguos cronistas, como Cristino Lorenzo, Agustín González “Escopeta”, Fernando Marcos y Ángel Fernández, con frecuencia cometían dislates, equivocaciones y lapsus. Y eso que casi todos ellos eran hombres de una vasta y sólida cultura. Porque para ser justos, debemos reconocer que cualquiera que se expone a micrófono abierto más de 10 minutos tiene que pagar su cuota de malas palabras, ya sea Octavio Paz o el más necio habitante de la Casa Big Brother.

Uno de los principales errores de los comentaristas deportivos de radio y televisión –al igual que los artistas y los adolescentes— es que tienden a imitar a sus colegas exitosos. Pero se olvidan que no siempre el éxito es garantía de calidad.

Hace unos ocho años dos entrenadores argentinos fueron contratados por la televisión mexicana para analizar un campeonato mundial de futbol. Y cuando se fueron nos dejaron varias de sus buenas y malas costumbres. Una de esas palabras fue el verbo leer: “saber leer el campo de juego”, “no supo leer la jugada” y otras parecidas. No es que el concepto esté equivocado. Tiene hasta su gracia. Pero cuando se repite hasta la saciedad, la frasecita funde el ostión cerebral de cualquiera. Cuando un cronista se cree experto, engola la voz y suelta la expresión: “Leyó la jugada a tiempo y evitó el avance enemigo”.

Y como ésta, cada personaje cree desplegar su estilo propio cuando se adueña de una frase que ni siquiera es original y ya fue troquelada por el lugar común: “Un gol de alfombra roja y caravana”, “Donde las arañas hacen su nido”, “Señoras y señores”, “Golpe de cabeza”, “De cara al campeonato” y todo un etcétera que apesta a falta de imaginación.

Claro, también están las tonterías, tan comunes a todo cronista de medios electrónicos: “El equipo no ganó porque no supo ofender al rival”: Pero si queríamos ofender al contrincante, tan fácil que era decirle: “Pateas el balón como la Güera Rodríguez Alcaine”, o para ofender al defensa central decirle que tiene cara de Fernández Cevallos.

También son muchas las incorrecciones idiomáticas como aquella de que “el balón abandona la cancha”. No, el verbo abandonar significa dejar en el olvido, desatender: “Luis abandonó su cabaña”, “Me tienes en el abandono”. Otra expresión es: “El jugador es un descarado”, para dar a entender que no tiene miedo ni respeto por el enemigo. En realidad, en México decimos descarado para expresar desvergonzado, para precisar que alguien no tiene principios.

Otra equivocación frecuente en esos ambientes es “emergencia”, que se confunde con el vocablo “urgencia”. Una emergencia no es algo que debe hacerse rápido ni tiene que ver con un accidente necesariamente: una emergencia es algo que ocurre inesperadamente, aunque no involucre violencia o sangre; así, una emergencia es que a un jugador se le rompió el short o pantaloncillo. Y debe cambiarse porque se le ve toda la desa de los desos. En cambio, una urgencia es literalmente “lo que urge”, lo que debe cumplirse de manera rápida. Y hablando de rápido, los cronistas dicen que el balón corre “raudo y veloz”, sin saber que raudo es lo mismo que veloz, lo mismo que solaz y esparcimiento, o la que es de uso en muchísimos los ambientes: “Todos y cada uno”: caray, si son todos, obligadamente son cada uno, ¿verdad? Pero nunca acabaríamos si registráramos las redundancias que emplean para narrar los encuentros de futbol. Y por eso no queda más que gritar: “Goooooooooool”.

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