martes, 17 de agosto de 2004

Historia de humor

Por MANUEL GUTIÉRREZ OROPEZA

Nada hay más cercano al amor que el humor. Podríamos decir que hasta abrevan en la misma necesidad vital: las ganas de ser feliz. Así como no conozco a nadie que se enamore para buscar la infelicidad, del mismo modo nadie acude al humor para estimular la tristeza. Pero de que los hay, los hay: en el amor, un ejemplo es el tango, y más específicamente, Enrique Santos Discépolo, quien compraba toneladas de chile habanero para arrojárselo en su heridas de amor. Y en el humor hay ejemplos literarios como otro Enrique: Jardiel Poncela, el humorista español que se reía de lo malvada que era la humanidad. Pero también hay caricaturistas como el yucateco Carlos Dzib, quien con el humor negro de sus últimos años de vida nos hacía reír mientras lidiábamos con un profundo sentimiento de culpa.

Pero el humorista –el humorista inteligente, debo aclarar–, cuando nos hace reír nos mueve una neurona, y cuando hace pensar nos lleva a los umbrales de la reflexión. Esto es, la reflexión con risa llega al corazón.

Por eso podemos decir que el humor es una acción política, así sea el humor más chabacano. Cuando los cómicos de la tele aparecen haciendo o diciendo babosadas también están introyectando una ideología y proponiendo una conducta a los televidentes. No sé qué tan inteligentes sean los que manejan Televisa, pero cuando tuvieron en sus manos los videos de René Bejarano, para trasmitirlos seguramente pensaron en dos o tres opciones de programa y al final determinaron que con Brozo iban a causar mayor impacto. Quién sabe qué hubiera pasado en otros lados, pero fue un golpazo proyectarlos con el ahora sí que Payaso Tenebroso.

En México el humorismo desde siempre ha cumplido una función ideológica, o para decirlo mejor: política. Hay vestigios de culturas prehispánicas en donde el humor –sexual, burlesco y hasta político– se manifiesta en grifos, estatuillas y otros objetos que sobrevivieron a la intolerancia cachupina.

La mejor manera que tenían los indios y mestizos para combatir la conquista criminal era el humor. Desde el siglo XVI, los nativos ridiculizaban a los invasores mediante canciones, hojas volantes, caricaturas y chistes que corrían entre el pueblo remontando la catarsis y cumpliendo más una función politizadora. Desde José Joaquín Fernández de Lizardi hasta los humoristas de las intervenciones –francesa y estadunidenses–, pasando por José Guadalupe Posada y los cómicos de la legua –seguramente más preparados que los académicos de la Lengua–, el mejor humor florece en el pueblo, más allá de falsos reivindicalismos.

A partir del siglo XX, la gente del poder detectó la energía devastadora del humor y sin mucho esfuerzo atrapó a los humoristas para defender sus intereses a cambio de un pan y diez centavos. Los dueños del país en tiempos revolucionarios soltaron a sus perros humoristas para socavaran la imagen del de por sí minimizado Francisco I. Madero. Artistas como José Clemente Orozco, Arias Bernal y hasta el jovencísimo García Cabral descerrajaron infinidad de caricaturas para crear un ambiente hostil contra Madero, hasta que una acumulación de circunstancias causó su caída y asesinato.

Vino después la institucionalización de la Revolución (¿a poco no es de carcajada: revolución institucional?) y salvo algunos destellos en la prensa doctrinaria o en las tandas carperas, caricaturistas, guionistas, cómicos y compositores humorísticos vivieron domesticados por el germen del priismo y el priismo abierto hasta los años noventa.

Los poquísimos hacedores de humor que ejercían su libertad crítica eran vistos con admiración y reverencia, desde Jesús Martínez Palillo hasta el mítico Rius, pasando por el cartonista Rogelio Naranjo. Pero otros fueron injustamente olvidados por la gente, como el autor de la canción “Ojos tapatíos”, Méndez, que luego de escribir un skecht divertidísimo contra el presidente en turno, fue perseguido hasta que por fin lo desaparecieron.

Pero si hacemos un recuento, veremos que son pocos los humoristas que hicieron crítica gubernamental durante el siglo XX hasta finales de los ochenta. Si acaso pervivió el humor anónimo con el cual se defiende la gente o atacan los poderosos; en ese caso, recordemos los chistes que circulaban contra la supuesta estupidez del presidente Luis Echeverría, que por cierto eran iguales a los chistes que en Chile se decían contra el presidente Salvador Allende.

En este repaso podría mencionarse a la periodista Magdalena Mondragón, quien publicó hace algunos decenios el libro Los presidentes me dan risa, donde reúne un divertido anecdotario que va desde el presidente Manuel González hasta Miguel Alemán. Y por ahí también aparece Elmer Homero, sobrenombre del periodista Rodolfo Coronado, quien en un volumen al parecer inédito reúne todo tipo de textos humorísticos y desacralizadotes, lo mismo de articulistas que de reporteros y epigramistas.

Los caricaturistas –cartonistas se llaman a sí mismos en caravana anglicada– poco a poco despertaron a la crítica. Dicen que entre los primeros de la segunda mitad del siglo XX está Abel Quezada. La verdad es que –mitologías aparte– Quezada fue un buen cronista de los arquetipos mexicanos: el político marrullero, el periodista famélico, el indio muerto-de-hambre, el taquero mosqueado, etcétera. Pero poco concretó sus temas críticos en un funcionario o un gobierno específico, salvo aquel cartón todo negro con la pregunta ¿Por qué? que publicó al día siguiente de la masacre gubernamental el 2 de octubre de 1968.

Más bien creo que los humoristas críticos fueron abriéndose paso poco a poco sobre todo a partir del sexenio lopezportillista, se pusieron de pie en el gobierno de Miguel de la Madrid y en la presidencia de Carlos Salinas de Gortari mostraron todo el esplendor que hoy les conocemos. No vine a hablar aquí sólo de los caricaturistas, pero lo cierto es que su labor es sintomática y marca rutas. Claro, los viejos caricaturistas de Excélsior, Novedades, La Prensa y otros se quedaron rezagados. Pero los jóvenes que seguían a Naranjo y Magú agarraron confianza en La Jornada y otros, como Patricio en el diario Milenio. Un caso extraño es el de Calderón, un muy buen caricaturista que, como las grandes parejas cinematográficas, encontró el amor de su vida en el diario Reforma, que tiene su misma visión empresarial, proyanqui y antizquierdista.

Pero, ¿y los humoristas escritores? Como dije, la mayor parte han servido al sistema sin mayor gloria que la de hacer reír a costa de la oposición, los comunistas, los indios, los homosexuales, las mujeres, los negros, las luchas sindicales, Fidel Castro, los rusos, los chaparros y todo lo que no es aceptado por el sistema. Pero eso no impide reconocer su gran talento para hacer reír, desde Marco A. Almazán y Carlos León, hasta los epigramistas como el Vate Manuel Campos Díaz, Luis Vega y Monroy, Pancho Liguori, Tomás Perrín, sin olvidar a los libretistas de los teleprogramas cómicos, como Mauricio Kleiff, Marco Antonio Flota, Rodríguez Ajenjo, Roberto Gómez Bolaños y muchos escritores que hacían chistes a destajo para consolidar la teleadicción en los mexicanos.

En realidad, los llamados intelectuales poco han acudido al humor. Por ahí en los años cincuenta el gran Salvador Novo, tan desacralizador como lambiscón cuando quería, pergeñó grandes textos humorísticos, ya sea en sus poemas homosexuales o anticomunistas, o bien en los epigramas y artículos que escribió en el cardenismo contra Jaime Torres Bodet, el ex presidente Ruiz Cortines y muchos otros. Un deslumbrante ejemplo del intelectual humorístico s Carlos Monsiváis, tan corrosivo y despiadado como divertido y solidario, aunque es cierto que hoy parece que se autofusila y suena a parodia de sí mismo. Alguien estará pensando en Renato Leduc; pero la verdad es que el Gran Jefe Pluma Blanca era más bien un escritor y articulista anecdótico y no tanto un humorista consumado. En cambio, es ineludible recordar aquí a Jorge Ibargüengoitia, el guanajuatense que hizo del retrato costumbrista toda una visión inapelablemente jocosa para el que quiera conocer por dentro al mexicano clasemediero.

Chava Flores y el autor de la Familia Burrón son creadores aparte. Sus trabajos humorísticos son verdaderas obras maestras de la crónica mexicana. En sus personajes, en las situaciones que describen y en la atmósfera que crean palpita todo un mapa genético del mexicano, en su grandeza y su ridiculez. Y casi esquina con ellos, están los cómicos del espectáculo, el teatro, el cine, la televisión, que no vamos ni siquiera a mencionar porque ya todos ustedes los pueden tipificar mejor que nadie y porque aquí nos quedaríamos muchas horas recordando, homenajeando y peleándonos por el Panzón Soto, el primer Cantinflas, Tintán, Chespirito, Mantequilla, Los Polivoces, Clavillazo, Emilio Brillas, ¡uff! En definitiva, los actores le ponen cara y espíritu a esa vocación lúdica que norma a los mexicanos.

Hoy el humor –en la tele, el cine, la prensa, el arte, la música– no es tan diferente que el de antaño. Quizá ganamos un poco más de libertad para hablar de los políticos, del sexo y de la religión. Pero ni somos más cultos, ni más hábiles, ni más artistas que los de antes.

Lo que caracteriza al humor de hoy es que debe dirigirse a gente menos ingenua y más informada. Se supone que eso debería cincelar un humor más fino y creativo, pero todos los días la realidad nos contradice, con las estupideces que trasmite la tele, las simplezas que proyecta el cine y los analfabetismos que lanzan las canciones dizque humorísticas.

Esto es: todavía nos falta mucho camino para llegar a ser un pueblo culto e inteligente. ¡Ay humor, cómo me has puesto!

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